ISIS dejará de existir, pero no será el fin del fanatismo islámico

28/Oct/2014

Infobae, Federico Gaon

ISIS dejará de existir, pero no será el fin del fanatismo islámico

En la columna de Iván
Petrella publicada en este medio el 8 de octubre, el académico y legislador
porteño afirma que los primeros en condenar el accionar del ISIS (Estado
Islámico) son los exponentes del islam. Tal como presenta Petrella, la
deslegitimación que pesa sobre el ISIS deriva de la durísima oposición de
importantes referentes musulmanes, y de miles de creyentes alrededor del globo,
quienes hacen escuchar su voz a través de las redes sociales. El autor
correctamente argumenta que no hay que confundir a una minoría con la totalidad
de la población musulmana. Sin embargo, hay ciertas cuestiones que considero
conveniente debatir.
Antes que nada, tomando
como punto de partida las manifestaciones musulmanas contra el ISIS que se
citan en su artículo, Petrella sugiere que el conflicto no representa un
enfrentamiento entre el Islam y Occidente, sino que en cambio es un conflicto
entre una mayoría pacífica y una minoría violenta dentro del credo musulmán.
Coincido con Petrella en esto último, pero difiero en lo primero. Si bien es
cierto que la dicotomía Islam-Occidente es servicial a los intereses de los
yihadistas, no por ello deja de ser verídica. Al analizar la historia, uno
puede encontrarse que por regla general, los extremistas políticos y religiosos
de toda rama y procedencia han optado por desquitarse primero con la oposición
doméstica y luego con la externa.
En el caso del mundo
islámico, el polo extremista del movimiento religioso revivalista siempre buscó
imponer la purificación del creyente por la fuerza. Si uno no se purificaba
bajo los rígidos parámetros ultraconservadores, entonces se era tan pagano o
infiel como un no creyente, por más consideración que uno podía tenerse a sí
mismo como musulmán devoto. En este aspecto, la purgación casera de los
individuos descarriados siempre fue considerada un paso previo y necesario, por
lo menos en términos discursivos, a la dominación mundial. La prueba está en
que desde las primeras conquistas wahabitas en Arabia en el siglo XVIII,
pasando por el Emirato Islámico de Afganistán en 1996, y la actual conformación
del autoproclamado califato sirio-iraquí, los yihadistas han buscado fijar que
los musulmanes que no se ajustan a una tradición dogmática no son musulmanes.
En términos abarcativos,
este argumento es habitual en todas las corrientes totalitarias. Consiste en
señalar que aquellos individuos que se han autoconvencido de ser algo que no
son, terminan siendo más peligrosos que aquellos que reniegan abiertamente de
la fe, la ideología, o el partido, por la mera razón de que propagan el mal
ejemplo entre sus pares. El ISIS ejemplifica esta minoría totalitarista. Pero
aunque existe una tendencia común entre los totalitarismos a aniquilar a los
opositores internos, esto no minimiza el hecho que estos movimientos
frecuentemente buscan antagonizar con terceros, no solamente por una cuestión
de labia política, sino por un cuerpo de creencias enmarcado en una ideología
bien establecida.
No debería sorprender que
diversos comentaristas hablen de “islamofascismo” o incluso de
“islamoleninismo”, lo que suena a oxímoron, para asemejar al islam político, es
decir, al islam ideologizado, con los grandes totalitarismos del siglo pasado.
Para ser claros, no es el islam per se como religión el que está enfrentado con
Occidente, pero sí son sus formas politizadas, que en distintos tonos, más o
menos extremistas, en definitiva persiguen la consecución de un Estado
puritano, estrictamente basado en la práctica religiosa. Para los islamistas de
toda denominación, el Estado no es un fin en sí mismo, sino un medio para
llegar a un fin.
Basándonos en la columna
de Petrella, analizar al ISIS puede convertirse en un ejercicio propio de la
paradoja del vaso medio lleno o medio vacío. Para mi experimentado colega, el
vaso está medio lleno porque hay indicios positivos de que los propios
musulmanes están tomando cartas en el asunto; de que quieren defenestrar la inelástica,
anticuada y violenta visión del islam que profesan los extremistas. En
contraste, para mí el vaso está medio vacío. Aunque Petrella está en lo
correcto en sostener que el islam debe ser parte de la solución, el islam que
él cita no es exactamente un ejemplo de progresismo.
Ha habido protestas
encabezadas por musulmanes contra las atrocidades del ISIS, pero no de forma
multitudinaria, no de forma constante, y no así contra la noción de “yihad
armada”. Por otro lado, decenas de miles de musulmanes de todo el mundo se
movilizaron para condenar la incursión militar de Israel en Gaza entre julio y
agosto de este año, y sin embargo, en términos relativos, los manifestantes
prestaron poca atención a lo que venía sucediéndose en Siria y en Irak. Mientras
que la guerra en Gaza se llevó la vida de alrededor de 2.000 palestinos, en
Siria, según las últimas cifras, la guerra civil viene sumando la cantidad de
170.000 muertos, un tercio de ellos civiles. En cuanto al ISIS, según cifras de
Naciones Unidas, hasta comienzos de septiembre, los yihadistas habrían matado
ya cerca de 9.400 civiles.
Dicho esto, vale
preguntarse con un espíritu crítico, ¿por qué no vemos tantas manifestaciones
cuando los musulmanes matan musulmanes, y no obstante cientos de ellas cuando
los judíos (israelíes), o los cristianos (norteamericanos) matan musulmanes?
Petrella destaca como
positivo que varios países árabes hayan integrado la coalición contra el ISIS.
Ahora bien, esta medida no se debe a una cuestión de discrepancia religiosa o
rectitud moral, sino a la percepción estratégica de un peligro común, que
amenaza, entre otras cosas, la posición de las monarquías en la región.
Salvando las distancias, así como en los últimos años del siglo XVIII las casas
reales europeas se aliaron contra la Francia revolucionaria (para contener la
expansión de sus ideales radicales al orden imperante), hoy son los reales
regentes conservadores del mundo árabe quienes han decidido romper la
revolución yihadista para evitar que sus cabezas se exhiban en la plaza
pública. Notoriamente al caso, si Arabia Saudita ha decidido enfrentarse al
ISIS, es porque entendió que a razón de la Primavera Árabe, seguir financiando
a los grupos islamistas para promover la versión religiosa ortodoxa que prima
en dicho Estado se convirtió en algo contraproducente, algo que podía poner en
jaque la supervivencia del régimen. Por eso, tal como lo ha notado un analista,
“controlar el discurso religioso se ha convertido en un requisito de seguridad
y en una necesidad social, antes que en un redundante llamado a la reforma”.
El hecho de que
prominentes clérigos musulmanes hayan decretado al ISIS como un ente ilegitimo
es claramente una buena noticia, pero debemos tener sumo cuidado antes de
catalogar a estas figuras como “moderados” –un error que a mi juicio los medios
repiten bastante seguido. Petrella cita por ejemplo al prestigioso jeque
Abdallah bin Bayyah. Como dato de color, es curioso notar que hasta no mucho
tiempo atrás, el órgano del cual el jurista era vicepresidente, la Unión
Internacional de Juristas Musulmanes (IUMS por sus siglas en inglés), dictaba
que la resistencia armada contra los israelíes en Palestina y los
norteamericanos en Irak era un deber religioso. Bin Bayyah se distanció de esta
esta línea y ha renunciado a su cargo en dicho organismo el año pasado, pero
sospecho que esto se debería más a presiones sauditas que a un pleno cambio de
corazón. Hoy en día apoyar a un grupo islamista, o peor aún, a un grupo
yihadista, se ha vuelto políticamente incorrecto a los ojos de los regímenes
árabes, por la razón discutida recién.
Otro clérigo de renombre
internacional como lo es Yusuf al-Qaradawi, presidente del IUMS, se mantiene un
fiel allegado a los brazos de la Hermandad Musulmana que proliferan en la
región. Qaradawi también se expresó en contra del ISIS, mas eso no quita que
sea un extremista en potencia, si es que no lo es ya, a punto tal que Estados
Unidos le prohíbe el ingreso al país.
¿Es entonces el mundo
islámico la solución al fenómeno del ISIS? Afirmar prestamente que sí es una
concesión al discurso políticamente correcto que manda en las sociedades libres
y pluralistas como la nuestra. En efecto debería serlo, pero en el terreno,
salvando algunos casos puntuales, no parece ser así. Pese a su excepcionalísimo,
creo que en muchos sentidos el ISIS es solamente la punta de un iceberg. Si
existe una tendencia destructiva entre los musulmanes, esa sería la severa
aplicación de la tradición religiosa en las sociedades modernas. Sin ser ellos
los enemigos declarados de Occidente, esto se ve reflejado en la estricta
aplicación de la ley islámica en los países del Golfo, y luego, en las
plataformas islamistas que proliferan desde Libia hasta Siria, o de India hasta
Indonesia.
El ISIS posiblemente
dejará de existir eventualmente, pero su destrucción no signará el final del
fanatismo religioso islámico, en tanto las comunidades musulmanas, sobre todo
aquellas fuera de Occidente, no se expresen con suficiente vigor en contra de
la politización de la religión, sea para el fin que sea, pero especialmente
para justificar luchas armadas. Cuando la religión haya medidamente pasado a un
segundo plano en la esfera cotidiana, entonces a mi criterio podrá descartarse
a lo religioso como un catalizador de violencia y conflicto en Medio Oriente.